Ho van aconseguir perquè no sabien que era impossible

domingo, 13 de noviembre de 2011

Crónica: XVII Marxa del Garraf

En la época de otoño e invierno una de mis opciones runneras favoritas suele ser correr por la montaña. Empezar la temporada rompiendo la rutina del asfalto me motiva. El olor mañanero del rocio, de la pinaza fresca, los madroños, el frio, la ausencia de polen y molestos insectos. Pese a todo, nunca había participado en ninguna prueba como esta, el pasado domingo me estrené y vaya estreno. Desde que tengo uso de razón, año tras año he visto como se celebra esta prueba y por una u otra razón nunca había podido participar, pese a que empieza a pocos cientos de metros de mi casa. Ha sido un buen año para hacerlo. Corría de piratilla, sin dorsal, era la primera vez que lo hacía, pero tranquilos, que no utilicé ninguno de los servicios de avituallamiento, yo mismo cargué con todas mis necesidades. Ahí va la crónica:

El tiempo no ha acompañado para nada al entreno outdor durante toda la semana. En los últimos nueve días ha llovido prácticamente de manera ininterrumpida nueve de ellos. El domingo no fue una excepción. Me desperté, vi agua caer y pese a que lo tenía todo preparado de la noche anterior he de reconocer que pasó por mi cabeza no ir. Un mensaje al móvil de un compañero me acabó de convencer. Me vestí, cogí el chubasquero, ropa seca en una bolsa dentro de la mochila, agua y comida para la carrera, desayuno frugal y bajo corriendo hacia la linea de salida. Antes de llegar oigo el petardazo que da la salida y me cruzo en contradirección a unos compañeros del Gavà Triatló. 180º grados y a correr.

Sigue lloviendo y el terreno embarrado. Siempre pasa que al principio a uno le da cosa ir pisando barro y charcos para no mancharse y va haciendo saltos muy raros, pero a medida que avanza el cansancio acaba dando lo mismo. Los primeros dos kilómetros son llanos, embarrados pero llanos y vamos por debajo de 4:30 pero a partir de ahí empieza lo bueno. El terreno, bastante escarpado y con arbusto bajo. El suelo resbala entre piedra mojada y barro y mis zapatillas, que no són de montaña, me hacen ir con más preocupación de la normal. El viento sopla de lado y la sensación térmica es de bastante frio, sin árboles ni vegetación que nos protega. Las gotas pican en la cara como si alguien lanzase granitos de arroz con una cerbatana. Hemos de subir, prácticamente sin descanso desde unos poco metros hasta los 600.

Durante el ascenso, yo, que no llevo inscripción, pienso que si me pasa algo solo me cubrirá el seguro de la federación de triatlón solo si argumento que estaba entrenando. Eso es precisamente, un entreno largo por el monte mientras llueve. No puedo ni sacar la cámara para hacer una foto ni disfrutar del paisaje porque a la que uno se despista donde pone el pie al siguiente paso puede acabar con los dientes en el suelo. Un par de veces pienso en darme la vuelta y volver para casa, con la de cosas que tengo por hacer. Cambio el chip y entonces me repito el karma de siempre en estas situaciones "Estás en el mejor lugar que podias estar, lo estás pasando genial, el dolor es inevitable, el sufrimiento opcional, cuando acabes la satisfacción será suprema". Así llego al final de las pendientes más duras, gran parte de las cuales han tenido que ser a ritmo ligero pero sin poder correr cómodo.

Al llegar al primer avituallamiento y punto más alto de todo el perfil veo que viene Raquel, la que acabaría como primera mujer de la marcha, y compañera de club, y Antonio así que me uno a su ritmo para encarar la segunda mitad del circuito, ya de vuelta al punto de origen. Raquel corría mucho, teniendo en cuenta de que ella, en realidad, estaba huyendo de su perseguidora y nosotros dos lo que haciamos era perseguir a los de delante... A los tres nos va genial la compañía. Vamos haciendo alguna broma puntual, empujándonos y dándonos ánimos. En las subidas y en los pocos llanos avanzamos mucho, pero en las bajadas nos retrasamos. Aún nos quedan varios resbalones y sustos pero sin consecuencias.


En los últimos kilómetros todo es bajada, llena de piedras, socabones y lugares por los que el agua desciende a gusto. Algunas personas a las que pasamos en terreno menos accidentado bajan como cabras y nos vuelven a pasar. Como me suele ocurrir en muchas carreras largas, más si hay que pegar saltos como en esta, voy genial de pulsaciones pero las piernas parecen losas muy pesadas.

Ya queda poco y aprieto las dientes para adelantar a Raquel y así poderle hacer una foto cuando llegue, pero al final no le saco más que unos segundos y entre las manos congeladas como las llevo y el cansancio con el que llego a meta no me da tiempo a sacar la cámara.
Acabo genial, empapado pero muy contento. Y pensar que he estado a punto de no ir. Ha sido un entreno muy completo, ha habido de todo. Lo mejor, el kilómetro extra que me queda por correr al llegar a casa. Que gusto con la ducha de agua caliente y el aperitivito.

 
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