Ho van aconseguir perquè no sabien que era impossible

martes, 19 de julio de 2011

Crónica: IronMan Zürich 2011, mi primer IM

Una foto finisher que podría haber sido mejor
Después del IM he desconectado del triatlón, de Internet, entrenos y blogs durante una semana de vacaciones de sol, playa y birra. Un merecido descanso físico y psicológico que ha servido para digerir el reto conseguido, asimilarlo, reflerxionar sobre él y sobretodo para recargar las pilas a tope y estar deseoso de volverme a poner manos a la obra.

Esta es una crónica difícil de escribir. Porque es difícil expresar con palabras lo que se siente cuando se acaba tu primer Ironman. ¿Es como acabar el primer maratón? Para algunos puede que sí. Pero entonces seguro que nunca han sido finishers en un Ironman. Es totalmente distinto. El proceso de entrenamiento, mucho más psicológico que físico, es largo, duro, lleno de altibajos... los que soléis seguir mis andanzas ya lo habréis comprobado. Y durante la carrera, siempre en solitario, tan solo tú y tu capacidad de sufrimiento -pese a los siempre agradecidos ánimos y gritos del público y los que te rodean-. Una vez se rebasa la línea de finisher todo se convierte en alegría, en emoción contenida, en ojos humedecidos, en recuerdos a aquella persona que desde que tan solo era un prebenjamín siempre me venía a buscar a todos mis entrenos y me llevaba a todas las competiciones, ya fuera en deporte escolar o como federado en atletismo. Mi abuelo se hubiera sentido orgulloso de que su nieto, aquel a quien "le pesaba el culo" en las carreras y llegaba siempre en el vagón de cola haya completado su primer Ironman en 12:09 horas. Mi pensamiento al entrar por el arco de meta era para él, por apoyarme siempre en todos mis proyectos, locuras y propósitos. Ahí va la primera crónica de muchos IM por venir:

Días prévios

Tranquilo y seguro. Sabía que sería finisher si no había desgracias. El entreno acumulado y los retos previos conseguidos me habían dado toda esa seguridad. Así que mi única preocupación era disfrutar, pasarlo bien y disfrutar. Llegué con días suficientes para aclimatarme a Zurich. Fue un gozo compartir esos días, conversaciones, bromas, la Welcome party en compañía de mi novia y la expedición del Gavà Triatló: Lourdes, Alfons, Joan, Carlos, David, Gerardo, Lucy, Aurelio, Dani, Laia, Cristina, Iván el coach, más acompañantes y familia, dándolo todo. Éramos el Equipo Z, y todos los que competiamos, excepto dos de nosotros, debutábamos en la distáncia.

Natación
Aunque soy pez de plomo esta vez no me preocupaba lo más mínimo este segmento. La táctica era no ponerse nervioso, ir tranquilo y a mi ritmo, con la mente en blanco y tan solo pensando en no agotarme innecesariamente con pensamientos y movimientos inútiles. Nada más salir parece que todos estos planes se van a trastocar. Recibo una patada en la muñeca con tan mala suerte que me arrancan el Garmin de cuajo. "Hay que buscarlo, no estoy dispuesto a perder 300 euros en el fondo de este lago". Pues imaginadme buceando en medio de una marabunta de atunes y bonitos enfurecidos en una salida de Ironman con 2000 inscritos. Entre tanto chapoteo veo mi Garmin difuminarse en el fondo y hundirse lentamente emulando a Leonardo DiCaprio en Titanic, cuando su novia lo deja caer muerto al fondo del oceano... Pues así, recibiendo golpes y en medio de toda esa espuma de chapoteos alargo la mano, lo agarro, se vuelve a escapar, buceo más hondo y ahí lo tengo. Benditas Zoot Predator. Con dificultad meto el reloj entre mi neopreno. Ahora sí, no pienso más en la suerte que he tenido. Me tranquilizo y empiezo a nadar.

Iba genial. Muy tranquilo. Pocos golpes y nadando a mi bola. Una boya, dos boyas y paso por la isla que marcaba la segunda vuelta, un hito tranquilizador magno para nadadores como yo. Sonriente siempre al pasar por delante de los compañeros de club que gritaban animando. Segunda vuelta igual, sin contratiempos y con el agua muy caliente. Nada a destacar salvo que fui muy tranquilo, sin apurarme ni cansarme, como si hubiera sido un calentamiento. Quiza demasiado relajado, pero teniendo en cuenta que era la primera vez que cubría esa distancia de un tirón ya estaba más que satisfecho. Y la de gente que venía detrás. Preveía salir entre 1:15 y 1:25 horas. Al final lo hice en 1:28 aunque mucha gente dijo después que le había dado la sensación de que podría ser que se hubiera nadado 4000 metros en lugar de los 3800. En cualquier caso tampoco se me habían trastocado tanto los planes y con la correa del Garmin rota y el reloj en un bolsillo aquella patada al principio de la natación me había venido a decir que no debía mirar el reloj ni preocuparme de ritmos ni velocidades para nada. Así que decidí guiarme únicamente por sensaciones y mirar el reloj tan solo en las transiciones.

Ciclismo
Esto se preveía largo, así que miro de hacer un transición tranquila, colocárme toda la ropa bien, para no olvidarme detalle. Decido ir sin guantes ni manguitos por el sol radiante que despuntaba, aunque anunciaban lluvias al empezar la tarde, confiaba en haber bajado de la bici para entonces. El trazado llano de los primeros kilómetros tienta a uno a engrescarse y a darle a los pedales, pero me contengo. Me como un sandwich del mejor jamón ibérico que traje de Barcelona y me hice la noche previa. La clave sería la alimentación y la hidratación racionada pero constante. Como había decidido no mirar el Garmin para nada no tenía más referéncias kilométricas que las que la organización había marcado. En las primeras rampas veo un mono del Gavà y distingo a Alfons, que salió un par de minutos antes que yo del agua. Me pregunto si no iré demasiado deprisa. Compartimos unos cuantos quilómetros juntos y cuando empieza la subida constante, allá por el kilómetro 50 vuelvo a ver otro par de uniformes del Gavà, el primero de ellos es Carlos que me comenta que Gerardo va por delante. Decido ir a por él y acompañarlo como mínimo la primera vuelta, él ya ha corrido este IM, así que me servirá de ayuda. Vamos charlando y a ritmo vivo durante unos 25 kilómetros, hasta la apoteósica y emocionante subida de Heartbreak Hill, una tachuela de unos 600 metros bastante empinada pero repleta de tanto público que obliga a los ciclistas a avanzar en fila de uno. Es realmente emocionante y si uno no está acostumbrado a estas cosas sube con la piel de gallina. Al iniciar el descenso se me salta una -o dos- lagrimillas. Aquellos gritos me han vuelto a recordar dónde estoy, qué es lo qué estoy haciendo y cómo ha costado llegar ahí. 

A por la segunda vuelta. Otros 90 kilómetros más y habré acabado. Ahora ya voy en solitario. Lleno de energía. No sentí necesidad de nada, ni sed, ni vacio de estómago. Por el recorrido me entretenía en mirar los nombres de los dorsales que me adelantaban, los que adelantaba yo. Al cabo de un rato se invertían las tornas en una especie de juego de relevos con la diferencia que el espacio entre ambos solía de ser de varias decenas de metros. Ahora iba con ventaja porque volvía a pasar por los mismos lugares. A falta de 50 kilómetros me empiezan a doler los pies, y quedaba la peor parte. Resulta que por primera vez en mi vida como triatleta me olvidé mis zapatillas de ciclismo, las de calas, y tuvo que ser precisamente en esta ocasión. Se las pedí a Aurelio, compañero del Gavà que no competía en el IM y a pesar de que me venían bien, al cabo de 130 kilómetros empezaron a aprisionarme el pie de una manera muy incómoda y cada vez más dolorosa. No había nada que hacer, ni aflojar el ritmo servía. Lo único que quedaba era soportarlo estoicamente y ver los kilómetros pasar y también las grises y amenazantes nubes acercárse cada vez más. Por suerte empezaron a descargar de manera suave cuando ya estaba en la segunda subida a Heartbreak Hill, esta vez ya sin apenas público. La bajada tiene que ser algo más lenta por precaución pero ya estoy en la carrera, y correr con lluvia me encanta. Había calculado una bici entre 27 y 30 km/h y acabar en 6:39 horas entraba dentro de los planes, o sea que genial.

Carrera
Hago una transición muy rápida de minuto y medio. Me encuentro genial, nada cansado en ningún sentido. Sin hambre ni sed y encima ya me he quitado las zapatillas que me apretaban y me he puesto las que me gustan más, las de run. A punto de afrontar mi tercera maratón, la primera tras 3,8 km de nado y 180 de bici. Miro el reloj -tan solo lo miraba en las transiciones- me animo al ver que si corro según mis planes entre 5:15 y 5:25 sería finisher en menos de 12 horas, toda una proeza para mi.

Paro a mear, largo. En los primeros kilómetros veo un pro, con el dorsal 9, Ueli Bieler. A él le quedan unos 15 km y a mi 42, pero parece que va a un ritmo que para mi es facil seguir, aunque no tengo ni idea de cual es, pienso que teniendo en cuenta que él está acabando y yo empezando el maratón debe estar más tocado que yo. Me engancho a él como una lapa no sin el temor de quemarme por ser tan osado. Él no deja de mirarme de reojo como diciendo qué demonios hace un pringao como yo comiéndole la suela. Gracias a eso empiezo a adelantar y a desdoblar a muchísima gente. En el km 13 él mete el último apretón de los 2 kilómetros finales y yo continuo al mismo ritmo, ahora sí, parándome a comer bien en los avituallamientos. 

A partir del 12 empieza lo peor de la carrera. Nada de cansancio, ni de mente. Retorcijones. Gases. El perrete asomando el hocico. Cojo un par de esponjas y voy al baño. Miro el reloj, más que nada para calcular cuanto me demoraba, 15 km y 1:15 horas, a 5 pelao. Voy muy bien y encima no hay atisbo ninguno de que la cosa vaya a ir mal, apenas queda algo más de medio maratón. Pues nada más lejos de la realidad. Los retorcijones y gases siguen, para colmo deja de llover y sale el sol apretando muy fuerte, hubiera preferido otro poco más de lluvia. Veo a mi novia al poco, me acerco, la beso y le digo que sólo me queda la mitad, que voy muy bien, pero que me cago todo el rato. En el 23 otra parada técnica. Los kilómetros pasaban rápido, eso sí, pero pese a que pensaba que ya quedaba poco mi estómago me decía que no, que me iba a estar molestando a muerte. Paso por delante de Iván y Dani que me gritan que si sigo así bajo de 12 horas seguro, "si mi estómago me deja encantado". Ahora lo único que hago es beber agua y parece que la cosa se calma pero noto que necesito algó más que eso y tengo que volver a comer. Por eso, una tercera parada técnica más, la peor, pero con la esperanza de aguantar esos últimos siete kilómetros que me quedaban cuando tiré de la cadena. Estaba harto de pasar a corredores, meterme en el lavabo y al salir volverlos a pasar. En fín que para la próxima además de geles y barritas también iré preparado con un par de Fortasec. 
Mi cara, a escasos metros de la meta
En los últimos dos kilómetros todos los males se pasan. Hay un armisticio estomacal. Voy en una nube, parece que todo el público me anima a mi. A pesar de todo voy a hacer el maratón en menos de 4 horas. Veo a mi novia, me detengo, la beso y me regocijo en recorrer la alfombra azul que lleva al arco de llegada. Cuantas emociones, pensamientos y piel de gallina. Ya lo tengo, ha sido duro sí, pero pudo haber sido mucho peor. Por fin he acabado. 

Soy FINISHER.

 
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